Volver a Kotarr para una segunda KDD de 206 GTI tenía algo cómodo y exigente al mismo tiempo. Cómodo porque el circuito y el ambiente ya eran conocidos. Exigente porque, precisamente por eso, ya no había excusas de primera vez.
El viaje desde La Rioja se había convertido casi en rutina: hora y media de carretera, parada para desayunar y repostar, y esos minutos tranquilos antes de llegar al paddock que ayudan a entrar en modo circuito.
Al llegar, el ambiente volvió a ser uno de los puntos fuertes del día. Muchos 206 repartidos por el paddock, caras conocidas y conversaciones que aparecen casi solas. Los chicos de Asturias habían vuelto y acabamos otra vez como vecinos de box. Venían desde bastante más lejos, algo que siempre da valor a este tipo de eventos.
Una KDD tiene algo que un trackday normal no siempre ofrece. Entre tandas, el paddock se convierte en una parte central de la jornada. Se habla de neumáticos, frenos, suspensiones, averías, mejoras pendientes y de todas esas pequeñas decisiones que cada propietario ha ido tomando sobre su coche.
Cada 206 cuenta una versión distinta de la misma base. Algunos más de serie, otros más enfocados a circuito, unos más discretos y otros con más carácter. Y, como suele pasar, tarde o temprano aparece la prueba de sonido de escapes. Una tontería, sí, pero de esas que en una KDD se disfrutan muchísimo.
La parte de pista empezó con una lección rápida. Nada más salir del box en la primera tanda, en la primera curva, llegó el trompo. Ruedas frías, demasiadas ganas y confianza antes de tiempo. No pasó nada grave, pero el aviso fue claro: aunque conozcas el circuito, hay que entrar poco a poco.
Ese susto temprano sirvió para colocar la cabeza en su sitio. A partir de ahí, el día fue de menos a más. Kotarr ya estaba en la memoria, las curvas eran conocidas y el 206 respondía bien. Eso permitió centrarse en conducir más limpio, mantener velocidad y no desordenar el coche por querer ganar donde no tocaba.
Hubo otro momento marcado en la última chicane. Entré demasiado pasado, el coche se movió más de la cuenta y el susto fue real. Lo pude controlar y seguir, pero fue otro recordatorio de que el límite existe y no conviene ignorarlo.
Rodar solo también hizo que el día tuviera un matiz distinto. No había copiloto con quien comentar la tanda al instante, pero eso te obliga a escucharte más. A pensar qué has hecho bien, dónde te has pasado y qué podrías mejorar. En pista vas solo, pero en una KDD nunca estás del todo solo: siempre hay alguien en el paddock con quien hablar.
Al final del día, el 206 terminó entero, fiel y con las ruedas castigadas después de la paliza. Una vez más, respondió sin quejarse.
Kotarr volvió a dejar una buena jornada, esta vez con más confianza, algún susto y el mismo ambiente de grupo que hace especiales estas quedadas.
El viaje desde La Rioja se había convertido casi en rutina: hora y media de carretera, parada para desayunar y repostar, y esos minutos tranquilos antes de llegar al paddock que ayudan a entrar en modo circuito.
Al llegar, el ambiente volvió a ser uno de los puntos fuertes del día. Muchos 206 repartidos por el paddock, caras conocidas y conversaciones que aparecen casi solas. Los chicos de Asturias habían vuelto y acabamos otra vez como vecinos de box. Venían desde bastante más lejos, algo que siempre da valor a este tipo de eventos.
Una KDD tiene algo que un trackday normal no siempre ofrece. Entre tandas, el paddock se convierte en una parte central de la jornada. Se habla de neumáticos, frenos, suspensiones, averías, mejoras pendientes y de todas esas pequeñas decisiones que cada propietario ha ido tomando sobre su coche.
Cada 206 cuenta una versión distinta de la misma base. Algunos más de serie, otros más enfocados a circuito, unos más discretos y otros con más carácter. Y, como suele pasar, tarde o temprano aparece la prueba de sonido de escapes. Una tontería, sí, pero de esas que en una KDD se disfrutan muchísimo.
La parte de pista empezó con una lección rápida. Nada más salir del box en la primera tanda, en la primera curva, llegó el trompo. Ruedas frías, demasiadas ganas y confianza antes de tiempo. No pasó nada grave, pero el aviso fue claro: aunque conozcas el circuito, hay que entrar poco a poco.
Ese susto temprano sirvió para colocar la cabeza en su sitio. A partir de ahí, el día fue de menos a más. Kotarr ya estaba en la memoria, las curvas eran conocidas y el 206 respondía bien. Eso permitió centrarse en conducir más limpio, mantener velocidad y no desordenar el coche por querer ganar donde no tocaba.
Hubo otro momento marcado en la última chicane. Entré demasiado pasado, el coche se movió más de la cuenta y el susto fue real. Lo pude controlar y seguir, pero fue otro recordatorio de que el límite existe y no conviene ignorarlo.
Rodar solo también hizo que el día tuviera un matiz distinto. No había copiloto con quien comentar la tanda al instante, pero eso te obliga a escucharte más. A pensar qué has hecho bien, dónde te has pasado y qué podrías mejorar. En pista vas solo, pero en una KDD nunca estás del todo solo: siempre hay alguien en el paddock con quien hablar.
Al final del día, el 206 terminó entero, fiel y con las ruedas castigadas después de la paliza. Una vez más, respondió sin quejarse.
Kotarr volvió a dejar una buena jornada, esta vez con más confianza, algún susto y el mismo ambiente de grupo que hace especiales estas quedadas.