Hay primeras veces que se recuerdan con bastante claridad, y esta fue una de ellas. Castellolí fue mi primer contacto serio con un circuito, así que llegaba con una mezcla difícil de separar: muchas ganas, bastante respeto y unas cuantas dudas rondando en la cabeza.
El día anterior salí desde La Rioja hacia Lleida, donde me esperaban unos amigos. El viaje fue tranquilo, aunque mentalmente ya estaba más cerca del circuito que de la carretera. Pensaba en cómo sería entrar a pista, en si sabría encontrar referencias, en cómo respondería el 206 GTI y en esa sensación tan típica antes de algo nuevo: querer hacerlo bien sin saber todavía muy bien qué significa hacerlo bien.
La noche previa sirvió para bajar un poco los nervios. Buena compañía, cena tranquila y conversación inevitable sobre el día siguiente. Esa parte también forma parte de la experiencia: un trackday no empieza cuando sales del pit lane, empieza mucho antes.
A la mañana siguiente salimos hacia Castellolí con el 206. Llevar amigos de copilotos añadía algo de presión, pero también hacía que el día fuera más especial. Poder compartir las sensaciones en caliente, comentar cada tanda y reírse al bajar del coche suma muchísimo.
Nada más llegar al paddock, apareció el primer contraste. Alrededor había coches más preparados, más potentes y con pinta de tener bastante más experiencia encima. Al principio impresiona, pero enseguida entiendes que cada uno está allí a lo suyo. Nadie va a juzgarte por llevar un coche más modesto ni por ir aprendiendo. El ambiente era sano, de gente que comparte afición.
Los primeros metros en pista fueron de adaptación total. En circuito todo pasa más rápido de lo que parece desde fuera. Frenar en el sitio, buscar el vértice, abrir gas con paciencia y no precipitarse son cosas que sobre el papel parecen sencillas, pero dentro del coche exigen concentración.
La primera tanda fue para entender dónde estaba. Sin buscar ritmo, sin forzar y sin hacer movimientos bruscos. Poco a poco, las curvas empezaron a dejar de ser sorpresas y se convirtieron en referencias. Entre sesión y sesión, bajar del coche y comentar lo vivido ayudaba a ordenar las sensaciones.
En algún momento del día, los nervios cambiaron de forma. Dejé de pensar tanto en si lo estaba haciendo bien y empecé a disfrutar de verdad. Ahí fue cuando Castellolí hizo clic.
El 206 GTI respondió justo como esperaba: directo, honesto y comunicativo. No es un coche de grandes cifras, pero en pista transmite mucho. Te obliga a cuidar la entrada en curva, a mantener velocidad y a no confiarlo todo a la potencia. Cada error se nota y cada pequeña mejora también.
Al final del día acabé más cansado de lo que imaginaba. Rodar en circuito exige una concentración constante que no tiene nada que ver con conducir por carretera. Pero fue un cansancio bueno, de esos que te llevas a casa con una sonrisa.
La vuelta a La Rioja fue larga y tranquila. Con el coche ya frío y la cabeza repasando cada tanda, quedó clara una cosa: Castellolí no había sido solo mi primera experiencia en circuito.
Había sido el inicio de algo que iba a continuar.
El día anterior salí desde La Rioja hacia Lleida, donde me esperaban unos amigos. El viaje fue tranquilo, aunque mentalmente ya estaba más cerca del circuito que de la carretera. Pensaba en cómo sería entrar a pista, en si sabría encontrar referencias, en cómo respondería el 206 GTI y en esa sensación tan típica antes de algo nuevo: querer hacerlo bien sin saber todavía muy bien qué significa hacerlo bien.
La noche previa sirvió para bajar un poco los nervios. Buena compañía, cena tranquila y conversación inevitable sobre el día siguiente. Esa parte también forma parte de la experiencia: un trackday no empieza cuando sales del pit lane, empieza mucho antes.
A la mañana siguiente salimos hacia Castellolí con el 206. Llevar amigos de copilotos añadía algo de presión, pero también hacía que el día fuera más especial. Poder compartir las sensaciones en caliente, comentar cada tanda y reírse al bajar del coche suma muchísimo.
Nada más llegar al paddock, apareció el primer contraste. Alrededor había coches más preparados, más potentes y con pinta de tener bastante más experiencia encima. Al principio impresiona, pero enseguida entiendes que cada uno está allí a lo suyo. Nadie va a juzgarte por llevar un coche más modesto ni por ir aprendiendo. El ambiente era sano, de gente que comparte afición.
Los primeros metros en pista fueron de adaptación total. En circuito todo pasa más rápido de lo que parece desde fuera. Frenar en el sitio, buscar el vértice, abrir gas con paciencia y no precipitarse son cosas que sobre el papel parecen sencillas, pero dentro del coche exigen concentración.
La primera tanda fue para entender dónde estaba. Sin buscar ritmo, sin forzar y sin hacer movimientos bruscos. Poco a poco, las curvas empezaron a dejar de ser sorpresas y se convirtieron en referencias. Entre sesión y sesión, bajar del coche y comentar lo vivido ayudaba a ordenar las sensaciones.
En algún momento del día, los nervios cambiaron de forma. Dejé de pensar tanto en si lo estaba haciendo bien y empecé a disfrutar de verdad. Ahí fue cuando Castellolí hizo clic.
El 206 GTI respondió justo como esperaba: directo, honesto y comunicativo. No es un coche de grandes cifras, pero en pista transmite mucho. Te obliga a cuidar la entrada en curva, a mantener velocidad y a no confiarlo todo a la potencia. Cada error se nota y cada pequeña mejora también.
Al final del día acabé más cansado de lo que imaginaba. Rodar en circuito exige una concentración constante que no tiene nada que ver con conducir por carretera. Pero fue un cansancio bueno, de esos que te llevas a casa con una sonrisa.
La vuelta a La Rioja fue larga y tranquila. Con el coche ya frío y la cabeza repasando cada tanda, quedó clara una cosa: Castellolí no había sido solo mi primera experiencia en circuito.
Había sido el inicio de algo que iba a continuar.